Ya faltan tan solo 2 días de trabajo, un despertar e innumerables horas de viaje para
por fin llamar este lugar un recuerdo. Hace 15 meses y 23 días pise por primera vez
Papua, tierra Jurásica habitada por hombrecitos (Man) y mujercitas (Meri) con
físicos que corroboran la creencia que dice que cuando Dios creo Papua Nueva
Guinea, la creo curvilínea de enormes volcanes, impetuosa de montañas arañadas
por inmensas cascadas y sorda con el cantar de esos pájaros del paraíso
imponentes en su plumaje, y con su sabiduría infinita, decidió que sus habitantes
(Manmeris) debían entonces poseer un físico bastante recatado para contrarrestar
así la naturaleza que los rodea.
Así fue como estas criaturas con pies desproporcionadamente grandes, caritas
siempre fruncidas, dientes negros y carcomidos, bocas manchadas de rojo intenso
por el mascado constante del buai (betelnut, cal y mostaza) y pelos parados,
muchos con las puntas rubias, semejando el perfil de los puercoespines; llegaron a
habitar esta tierra, no por mero chance sino por maquinada justicia (Justicia la cual
boto por la ventana al crear a La Gran Colombia, claro está).
Como iba diciendo, ya me faltan pocos días para despertarme de este sueño y no
podía irme sin dar homenaje a Noken Pispis mi acompañante fiel en cada día de
esta aventura.
Conocí a Noken Pispis el primer día que llegue al campamento, nos veíamos sin
falta 3-4 veces al día, dependiendo de cuanto café tomaba en la mañana y cuánta
agua consumía durante el día.
N. Pispis se pasa los días estacionado muy majo entre la malla y el vidrio de la
ventana del baño de Meris. La malla mira para fuera, con vista a la selva, y del otro
lado, está el vidrio que mira para dentro, al baño, con vista la cual no voy a entrar en
detalle.
Todo esos días en que nos mirábamos, el estudiándome a mí y yo a él, llegue a
conocer su rutina; siempre inmóvil en posición cómoda y estratégica, protegido por
la malla, calentando su cuerpecillo translucido durante el día sin preocuparse por
caer víctima de un pájaro hambriento y cuando andaba suertudo cenaba a domicilio
y sin mayor esfuerzo con cualquier mosca desorientada que entrase en su territorio.
Un día N. Pispis decidió cambiar de ambiente y se encaramo encima del marco de
la puerta. Al abrirla, me callo encima de la moña momificada en la cima de mi
cabeza, tropezando hasta llegar al cuello y mientras me sacudía, saltaba en una
pata, chillaba como cerdo ya oliendo a lechona, y me pelaba el overol; N. Pispis
seguía deslizándose, frio y resbaloso por todo mi ser, hasta que me llego a la rodilla,
donde lo sentí bajar la velocidad: ya el terreno liso dio paso al resultado de 25 días
sin cuchilla. Raspado y seguro ofendido, salió de la bota izquierda del pantalón,
corriendo por fin libre y al llegar a una distancia prudente, paro, se voltio y me miro
como diciendo: Mija! Que alborotooooooo, como si no le hubiera visto ya todo eso
annnntes!!!!!!!!
Así, con una pisca de nostalgia terminan mis historias inspiradas por esta tierra
extraña. Con una lágrima en la mejilla y pecando de igualada: dedico esta historia a
nuestro querido Gabriel Jose de la Concordia Garcia Marquez. Dichoso San Pedro
que podrá ahora pasar su eternidad en compañía de tan ilustre hombre, escuchando
las anécdotas descritas con ese realismo mágico que puso en el mapa a nuestra
querida Riohacha, corrijo: Macondo.

No comments:
Post a Comment